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sábado, 6 de diciembre de 2014

LA CONSTITUCIÓN COMO CONTRATO SOCIAL


Llega un año más y celebramos otro aniversario de la Constitución Española, que hizo posible un acuerdo consensual entre los actores políticos de la época para hacer un tránsito pacífico entre la dictadura franquista y la nueva democracia. Algo que tuvo un gran valor político por lo el logro que supuso en un marco de paz, que todos pretendían, pero casi nadie podía asegurar, pues aún estaban los dramáticos recuerdos de la confrontación civil presentes.
De manera que, hay que reconocer objetivamente las cosas, el consenso constitucional supuso rectificar el rumbo político, que durante cuatro décadas vino marcado por los vencedores en la Guerra Civil que se habían impuesto por la razón de la fuerza, no por la fuerza de la razón, habiendo incriminado a toda la oposición política en una causa general contra la disidencia del régimen franquista, que fue evolucionando en su interior desde las posiciones fascistas más rigurosas del falangismo  y el tradicionalismo monárquico carlista, hasta la apertura tecnocrática y teocrática nacional-católica de los años cincuenta para acercarse al Occidente liberal triunfante en la II Guerra Mundial, que empezaba a generar el bloque político militar del Oeste en el marco de la nueva Guerra Fría.
Por consiguiente, el probabilismo del sector del régimen más avanzado, conocedor de la imposible sucesión de un franquismo sin Franco –pese a la domesticación de la sociedad civil española, y de los estamentos políticos subyacentes-, dieron paso a que la reinstaurada monarquía se distanciara de su origen reinstauracional franquista, para asumir una democracia liberal de porte europeo. Pero lo difícil era convencer al establishment franquista que se suicidara políticamente sin condiciones, al tiempo que convencer a la izquierda en el exilio a colaborar con una nueva saga reformista de la política española para traer una democracia coronada, en progresiva mutación desde la dictadura franquista y el desmantelamiento de todo su aparato político-militar.
En esas condiciones, no se podía pedir el mayor de los éxitos, pues éste inexorablemente se habría de traducir en el acuerdo que fuera posible, en un consenso de supervivencia, acaso un consenso de mínimos que –desde la mutua desconfianza- se fue tejiendo entre los distintos actores políticos de la transición, y así se fraguó la vigente Constitución española de 1978, que por otra parte, ha propiciado uno de los procesos de paz y concordia más largos de la historia constitucional española, aunque no ha logrado ser aceptada en su totalidad como la solución de convivencia permanente, como el contrato social que nos una a todos los españoles.
Hay que reconocer que, más allá de algunos detalles, no menores, como la igualdad de sexo en el ámbito de la corona en orden al llamamiento en la línea de sucesión hay que reformarla, como también habrá que rediseñar de forma efectiva una auténtica división de los poderes del Estado –que aparentemente lo están, pero en la realidad acaban vinculados de forma perniciosa-, como habría que garantizar la denominada “cuestión social” (o sea, el Estado Social, según definición constitucional), que no pasa de ser una mera declaración, que se está viendo burlada con el desmantelamiento del “Estado Social” por vía de apremio de la deuda pública extranjera –donde por cierto, no ha habido ni empacho ni demora alguna para reformar el texto constitucional en beneficio del aseguramiento del pago de la deuda-.
Pues en la medida en que el Estado Social se está desmoronando, se está incumpliendo el pacto social que zanjó constitucionalmente la “cuestión social” que fue una de las que determinaron la confrontación civil entre los españoles. Y de esta manera, se viene a romper un pilar clave del consenso constitucional, sin el cual la izquierda de entonces no habría accedido a otras concesiones a la derecha reformista del régimen franquista en tránsito, como pudiera ser la condición monárquica de la forma de Estado.
De igual forma, se cerró en falso otro de los grandes problemas de España, cuál es su vertebración territorial, en un Título VIII manifiestamente mejorable, que ha dado lugar al caos político-administrativo y financiero de una España de Autonomías poco responsable y escasamente solidaria con los intereses generales del País, que lo están llevando al límite de su desmembración territorial, habiendo dado cancha desmesurada –por bisoñez política- a los nacionalismos desleales vasco y catalán, con los que se ha contado en algunas ocasiones para la conformación ocasional de gobiernos, previo pago de un impagable precio político que ahora está dando su auténtica faz. Situación, ante la cual, difícilmente cabe una marcha atrás de Estado unitario, incluso descentralizado, ya que los intereses de la clase política regional de uno y otro lado del arco político están en juego (Parlamentos y gobiernos regionales, diputaciones provinciales, cabildos insulares, comarcas, etc.). Por cuyo motivo, acaso la salida haya de venir por un nuevo consenso político de negociar un régimen federal que sea cooperativo en sí mismo, o sea con el conjunto del Estado, sin duplicar competencias y reduciendo al máximo el gasto público del aparato político-administrativo territorial.

Por consiguiente, no parece razonable –a fecha de hoy- cerrarse a cualquier pretensión de reforma coherente y cohesiva de la Constitución, pues dos cuestiones fundamentales de la gobernabilidad de España siguen en juego: la cuestión social y la cuestión territorial. Ambas parece que no se han solucionado con el consenso forzado de la transición, y tal parece que habría que abordar, ya que constituyen el núcleo del contrato social de los españoles, y no se puede mantener a ultranza un contrato desde el disenso, ya que ningún contrato nace con pretensión de eternidad, sino de dar solución a los intereses de las partes contratantes, que en lo público pasa por la reflexión, la negociación pragmática, y el acuerdo más interesante o menos lesivo, de entre los posibles, para los bien público del país. Y ello, antes que el deterioro acabe por pudrir la situación y cerrar cualquier puente de acercamiento, como está empezando a suceder en la “cuestión catalana” (parte de la cuestión territorial), o puede llegar a pasar con la cuestión social, de proseguir el desmantelamiento del “Estado Social”, con el incremento de las diferencias sociales que en nuestro país han aumentado a niveles históricos, que nos relegan en ese punto a uno de los últimos países de la UE. Prueba más que evidente que se está incumpliendo en nuestro país el pacto social de la transición, y la soberanía popular puede acabar reclamando sus derechos en la calle y/ o en las urnas.

lunes, 21 de julio de 2014

LA RECETA FEDERAL PARA ESPAÑA

          
           Ante las demandas secesionistas de sectores catalanistas y vascos, junto con el colapso del sistema autonómico de la transición, hay quien postula la solución federal para España, proponiendo una modificación constitucional en tal sentido, como receta a los males que afligen a la vertebración político-territorial española.
            No obstante, cabría preguntarse ¿qué nos diferencia actualmente –especialmente en Cataluña y el País Vasco- de un sistema federal?, pues el régimen de autonomía política y administrativa ha llegado a techos insuperables, por aquello de que el crecimiento de las autonomías empieza a ser decrecimiento del Estado, con el peligro de su desmembración, y sobre todo de la generación de 17 Taifas en patente desarmonía y competición; en vez de un Estado bien articulado, coordinado y gobernado, desde los estratos territoriales al central por la soberanía popular, propio de cualquier democracia madura.
            La realidad de nuestro sistema autonómico –del que partimos actualmente, que en su día también se postuló como solución a las ansias nacionalistas catalanes y vascas- ha sido que para resolver dos problemas –que no se han resuelto-, se crearon quince más.
            Además ha dado lugar a la generación de una clase política autonómica, que en algunos lugares se integra por familias terratenientes, caciques y élites economico-sociales regionales, que extienden su concepción del poder sobre la propia Administración Autonómica, controlando la agenda política regional, así como el empleo público, subvenciones, licencias y demás controles sociales que les hacen auténticos virreyes de las Taifas, con sus correspondientes “cortes” de secuaces, con los que reparten el “botín electoral” del poder político territorial, desde el que condicionarán en gran medida la acción política del gobierno central, en función de los intereses del grupo que lo detente en cada momento. Por lo cual, la idea de “interés general” o “bien común” brilla por su ausencia, más allá del mero recurso dialéctico.
            Así la proliferación de cargos políticos autonómicos, el crecimiento desproporcionado de una Administración Regional –duplicada con la nacional-, y el incremento exponencial del gasto público que todo ello conlleva, no justifica, ni ha justificado aún la instauración de este sistema, que además problematiza y complica la generación de actividad económica y empleo –por los diferentes regímenes de licencias de cada lugar-. Algo que en el contexto de la UE no tiene sentido.
            Si a esa situación, le añadimos las habituales batallas por la “financiación autonómica”, resulta que el sistema no sólo es inoperante, complejo, insolidario, ineficiente, sino insostenible financieramente.
            Y para colmo de males, no sólo no se ha dado satisfacción a los nacionalismos periféricos, sino que se les ha engordado, y estos crecidos –ante su clientela política- han planteado claramente su propósito: ¡la independencia del Estado!. Por consiguiente, estamos ante otro efecto perverso, la deslealtad institucional, de un nacionalismo incorporado a instituciones del Estado que actúan de quinta columna contra las esencias del mismo Estado, pues no se plantean la cooperación sino la separación.
            Así las cosas, ¿la solución va a ser el federalismo?. ¡Si en la práctica ya lo tienen!. Por consiguiente, los que así razonan esta solución, quizá no se han percatado que su propuesta está ya superada por los propios hechos consumados, de una torpe colaboración central con fuerzas políticas desleales periféricas, que cuando han abonado bien su terreno, se lanzan a su propia aventura política, sea utópica o realidad. Que lo será en este último caso, tan pronto logren apoyo exterior.

            No obstante, el federalismo podría ser una solución política siempre y cuando haya un auténtico pacto de Estado entre los nacionalismo separatistas y las demás fuerzas políticas con representación en el Estado, de respetar y defender el Estado Federal como el propio del Estado español, sin más ambigüedades, con el compromiso de cerrar esta sangrante cuestión, dando paso a un sistema federal cooperativo, en condiciones de lealtad, igualdad y solidaridad entre todos los territorios de España. Si no se diera esa circunstancia, consideramos que difícilmente la propuesta federal fuera la solución real a la invertebración de España.