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lunes, 5 de noviembre de 2012

MAS METE A CATALUÑA EN EL “TUNEL DEL TIEMPO” DE LA UTOPÍA



Artur Más sigue con su discurso independentista, como si fuera el “bálsamo de fiera bras” de todos los problemas de Cataluña, vendiendo “humo” –tras del cual se esconde su mala gestión en plena crisis-, echando la culpa de sus problemas a la vecindad española –raíz y causa de la ruina catalana, de la opresión y subyugación del pueblo catalán, según el falaz discurso catalanista-.
Así apelando a la irracionalidad, raíz de toda emotividad, por la que se ensalza “lo propio” y se rechaza “lo otro” –considerado ajeno, perturbador, y hasta enemigo-, consigue generar un séquito emocionado por la épica histórica que le vienen contando; y que le hace trascender de la prosa del día a día a la poesía de un futuro utópico.
            Entre tanto, ni una palabra de cómo van a mejorar la situación económica de la sanidad catalana, del mantenimiento de los servicios públicos catalanes, comprometidos económicamente por la mala gestión autonómica –de la que echan la culpa, sin el menor rubor, al Gobierno central-,ni tampoco cómo se van a bajar los niveles de desempleo de Cataluña, el pago de los peajes en las autovías, y todas cuantas cosas interesan sobremanera a la clase media y trabajadora de catalana – o deberían interesar.
            Sin embargo la estrategia política, aún arriesgada, está demostrando que ha calado en una sociedad vencida, acosada de problemas, en la que las dificultades del día a día han crecido –como lo han hecho en el conjunto de España-, por efectos de la crisis económica y de una desastrosa gobernanza que ha llegado tarde y mal al afrontamiento de los problemas reales de la sociedad.
            Así mientras en el resto de España se trata de hacer pagar la crisis a las clases trabajadoras y medias, evitando cualquier atisbo de apuesta seria por parte de la clase política y del gran capital. En Cataluña, se sacan de la manga la historia del independentismo irredento para generar una falsa ilusión colectiva. Pero entre tanto, ni en uno ni en otro lugar se está acometiendo la crisis con auténtica justicia, con recortes en la estructura político-administrativa (con reducción de ayuntamientos, eliminación de diputaciones provinciales y cabildos, reconduciendo la autonomía insolidaria y disgregadora por una autonomía administrativa competitiva). Y sobre todo, se echa en falta, en estos momentos una auténtica visión de Estado una política que una a los pueblos y tierras de España en una empresa común, sin la cual la disolución parece servida por aventureros oportunistas.
            España, la actual España, necesita el esfuerzo de todos para salir de la crisis. No puede presentarse en los foros internacionales, ni ante sus desleales socios europeos dividida, reducida y esquilmada por una deriva equivocada de sus Gobiernos, pues eso generará mayor desconfianza en nuestro pueblo, no creerán en nuestra empresa colectiva –en la que parece no apostamos ni nosotros mismos-, y desde luego, olvidémonos del crédito extranjero ante un presente difuso y un futuro confuso. Todo ello, nos lleva a un indeseable naufragio colectivo, del que posiblemente no se salvará ni Más, ni Cataluña; pues a fin de cuentas, como dicen los pescadores con gran realismo: “lo que está en el cesto es pescado, el resto son peces en el mar.”
            Al propio tiempo que no son nada ejemplarizantes, como tampoco efectivos, los “viajes de Estado” del presidente autonómico catalán –que tratando de emular ya su dignidad estatal- gira a países extranjeros, como el último fiasco del viaje a Rusia en el que el país receptor no le reconoció dignidad de jefe de Estado –pese a las apariencias-, en el que no sólo hizo el ridículo sino que dilapidó el dinero de los catalanes en momentos en que les falta. Mientras que si ese viaje se hubiera hecho coordinado con el servicio exterior del Estado hubiera tenido otra efectividad. De ahí, que se trate de una mera operación matemática de sumar en vez de dividir, tanto en política interior como exterior.

sábado, 22 de septiembre de 2012

LA MISIVA REAL TRAS LA DIADA INDEPENDENTISTA CATALANA



Tras la numerosa y clamorosa diada secesionista, minusvalorada por el Gobierno de España, el silencio real se rompió tímida y disimuladamente, en la publicación de una carta del Rey con ocasión de la remodelación de la web de la Zarzuela.
La carta real dirigida al orbe, a quien le quiera escuchar, o como se diría en otros ámbitos, a los hombres de buena voluntad, ha venido a señalar y enfatizar la necesidad de volver a encontrar el objetivo común, evitando las perniciosas disensiones y la desunión entre los españoles. Algo, que por lo demás suele ser el discurso obligado al tiempo que habitual del Rey.
La cuestión es si el Rey con ello está ejerciendo la labor de arbitraje y de Institución de unión entre los españoles, o si más bien, está dando un consejo de mínimos, que es lo menos que se podía decir después de la jornada independentista catalana, con sus previos y subsiguientes días, en que las propias instituciones autonómicas están postulándose por el camino independentista. Algo sumamente grave, por cuanto supone un paso cualitativo en el desencuentro político y social entre territorios del Estado, ya que hasta ahora el discurso político centrífugo era propio de los partidos nacionalistas, pero no había llegado a trascender con tal grado de claridad a las propias instituciones públicas autonómicas de Cataluña, en que el Presidente de la Generalidad, Artur Mas, ha cogido las riendas del movimiento independentista, que recuerdan al triste episodio de Maciá proclamando la independencia catalana desde el balcón de la Generalidad en plena Guerra Civil.
Por consiguiente se hacía necesaria una respuesta clara y contundente desde las instituciones del Estado para sofocar la chispa independentista que de nuevo ha vuelto a prender, como entonces aprovechando un momento de crisis del Estado –entonces de guerra civil, actualmente de crisis económica y política-.
Sin embargo, no podemos verificar que la esperada respuesta se haya dado con la contundencia que requieren los acontecimientos, ya que ni el presidente Rajoy –ninguneando el hecho-, ni el propio Rey con su epístola digital han marcado el campo con líneas infranqueables, sino que de forma suave, diplomática digna de mejor empeño, han hecho referencia a la improcedencia de tal pretensión secesionista. Algo que se nos antoja flojo en las formas y escaso en los contenidos.
Aún así, o quizá por eso mismo, los grupos separatistas se han crecido, no se dan por aludidos, en unos casos, y en otros incluso critican que el Rey entre en el ámbito político, que realmente no lo ha hecho, ya que se ha limitado a llamar a la reflexión para la unidad, lo cual entra dentro del papel Constitucional que tiene asignado como garante de la unidad de España y árbitro de la vida política española, especialmente en situaciones en que se hace necesaria la mediación entre grupos políticos enfrentados o especialmente disolventes del actual marco constitucional.
En cualquier caso, esperábamos nuevos movimientos de ficha por la parte nacionalista, y lo ha hecho con su impostura e insistencia en su demanda de pacto fiscal –auténtico ariete contra el Estado- que le ha negado Rajoy, ante lo que Mas ha vuelto a lanzar insinuaciones de perseverancia en la actitud separatista. Lo que pone la situación ante una peligrosa deriva, que a la par resulta contagiosa en otros territorios como el País Vasco, y en menor medida también en Galicia, ambas con elecciones próximas y pronósticos de triunfo de las fuerzas nacionalistas más radicalizadas –especialmente en el País Vasco-.
Consecuentemente, el Estado tiene que hacer frente a un viejo problema, cuyo aplazamiento con paliativos procedimientos autonómicos no han surtido efecto, ni para el Estado español, ni para los grupos nacionalistas nuevamente radicalizados por la independencia.  Y este problema ya requiere una drástica solución por parte del Estado, con el monarca al frente en defensa de la propia integridad territorial española, de su gobernabilidad, y de su subsistencia como Nación, que va mucho más allá de meras misivas para el que tenga oídos que oiga.